Los relojes parados







“O se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas” (Ramón y Cajal).

Según Karl Popper, la ignorancia no es ausencia de conocimiento, sino la negativa a adquirirlo. Aferrarse, pues, a un pensamiento rígido y a ideas preconcebidas. Lo cual quiere decir que nadie está libre de adoptar actitudes ignorantes. 

Esas actitudes ignorantes llevan a quienes las adoptan a recurrir, entre otras, a la falacia del argumentum ad hominem. Si no pueden atacar tus ideas, te atacarán a ti. Criticarán tu forma de expresarte, tu cultura, tu poca empatía hacia los que saben menos. Los más simples distraerán la conversación hacia factores externos, como tu peinado, tus kilos de más, tu forma de vestir. Detectaran en qué punto eres más débil e irán exactamente por ahí. Te acusarán de “pretencioso” y de “estar fuera de la realidad”. La famosa falacia de la pedantería, o la de que “lo único que pretendes es tener siempre la razón”. Como dijo en una entrevista Sánchez Dragó, “me llamarán pedante quienes tengan menos cultura que yo, nunca los que posean más conocimientos”. O, como señaló Eleanor Roosevelt, “las grandes mentes discuten ideas, las mentes mediocres debaten sobre los acontecimientos, las mentes pequeñas hablan de los demás”. 

Las críticas ignorantes pueden socavar nuestra autoestima en el sentido de que nos atacarán en nuestros puntos más débiles. Uno de ellos es la necesidad de sentirnos aceptados en sociedad, de ser “populares”, “respetados” o “queridos”. Pero nadie puede hacernos daño sin nuestro consentimiento. Yo en ese sentido siempre cito a Clint Eastwood: “las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una”. 

Esto es también un camino de doble dirección. Al igual que no debemos permitir las críticas personales y por el contrario aceptar que toda idea es susceptible de analizarse, criticarse, y llegado el caso revisarse, tampoco debemos rechazar una idea sólo porque provenga de alguien en concreto. Si Trump dice que dos y dos son cuatro hay que darle la razón. Hasta un reloj parado dice la verdad dos veces al día. 

Jorge Luis Borges, en Historia de la Eternidad, contaba que a un hombre le arrojaron un vaso de agua a la cara en medio de una discusión. Sin inmutarse, respondió: “esto señor, es una digresión. Aún espero su argumento”. 

Con el acceso generalizado a la cultura, y la vastedad y compartimentación de esta en disciplinas diferentes, el concepto de ignorante o de analfabeto ha evolucionado. A mediados del siglo XX se consideraba analfabeta a una persona que no sabía leer y escribir. Hoy (dicen) hay que añadir a esta lista a quienes no conocen la informática o un segundo idioma. 

Pero la compartimentación que mencionaba antes hace que exista gente que lo ignora todo sobre determinadas disciplinas, aún siendo un experto en otras. Recuerdo cuando trabajé como redactor jefe en Supernet, me correspondía revisar los textos que entregaban los colaboradores, todos ellos informáticos, antes de su publicación. Además de una tremenda dificultad para comunicar con claridad lo que querían decir, sus artículos estaban plagados de incorrecciones gramaticales, y, lo que es peor, ortográficas. Hoy la ortografía es un valor en desuso, con la generalización de los correctores informáticos. Pero la falta de capacidad para expresar ideas es una tara gravísima, que está condicionando el pensamiento social (los famosos 140 caracteres de Twiter -ampliados hoy a 280, no vaya a ser que se quede algo en el tintero-, o los youtubers de charla entrecortada). 

Problemas en la capacidad expresiva, pues, ligados de forma bidireccional a un pensamiento pobre y castrado. Los distintos tipos de analfabetismo, el tecnológico, el lingüístico, el literario, el artístico, el musical, o, uno de los más llamativos, el científico. Como dice Lorenzo Hernández en cienciaonline, “ser analfabeto científico es algo que no causa ningún pudor. ¿Conocéis otro ejemplo en el que alguien diga casi con orgullo: “yo de esto no entiendo nada”?

La cuestión no es entender la ciencia, sino querer entenderla. Poder hacer juicios personales (fundamentados, no de barra de bar o de cuñados) sobre cuestiones científicas. Según estudios, en Estados Unidos sólo el 6 por ciento de los adultos se engloba en esa clasificación. 

Frente al analfabetismo científico, existen según Shamos (1995) tres tipos de alfabetas: el científico cultural (posee cierta familiaridad con el lenguaje de la ciencia), el científico funcional (preparación para leer artículos en publicaciones científicas), y el científico verdadero (estado mental “científico”, comprensión profunda de conceptos relacionados con la ciencia y habilidad en matemáticas).  


Además existiría según John Miller (citado en Polino,1999), el alfabeta científico cívico, que sería aquel capaz de leer artículos serios en los periódicos, una comprensión del proceso de investigación científica, y una asunción de las repercusiones de la ciencia y la tecnología en los individuos y en la sociedad. Shamos resume diciendo que un individuo no puede ser considerado alfabetizado científicamente si no es capaz de leer y comprender un artículo científico de un periódico.


Antonio López del Moral

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