Siempre me ha gustado la historia de Pat Martino, el genial guitarrista de jazz que tuvo que aprender a tocar dos veces. En 1980 le diagnosticaron un aneurisma cerebral severo, y entró en el quirófano a vida o muerte. Cuando despertó de la anestesia, no recordaba absolutamente nada de su vida. No reconocía apenas a sus padres, y había olvidado cómo tocar. No asociaba consigo mismo los discos que había grabado, ni las giras con músicos de la talla de Willis Jackson o Richard Groove Holmes. Tampoco sus contribuciones a la vanguardia del jazz, ni cómo había incorporado a este estilo otros como el rock o el pop. Cuando rememora aquellos años, Martino asegura que se encontraba “vacío, desnudo y muerto”.
Django Reindhart fue otro músico que tuvo que reaprender a tocar, cuando perdió dos dedos de la mano izquierda en el incendio de su carromato, desarrollando una técnica única y original que probablemente determinó su estilo tan peculiar. También Tommi Iommi, de Black Sabbath, perdió dos dedos cuando trabajaba como obrero en una fábrica metalúrgica, y se vio en la necesidad de “reinventarse”, en su caso, mediante unas prótesis de goma que le obligaron a tocar de forma distinta. O Rick Allen, de Def Leppard, el “baterista manco”, conocido por haber perdido el brazo izquierdo en un accidente de coche (todo un espectáculo verle tocar y escucharle). Son ejemplos de músicos que hicieron de la necesidad virtud.
El caso de Martino es, desde mi punto de vista, más especial, porque la facultad que perdió es quizás la que nos hace más humanos: la memoria. También volvió a aprender (aunque él asegura que no fue para tanto, muchos genios son modestos: “fue algo intuitivo desde el principio, como la empatía que tiene un niño con un juguete. La guitarra nunca fue un artefacto. Nunca vi la música como un artefacto, sino como un lenguaje universal”). Comenzó a escuchar sus propios discos (sus “viejos amigos”, como él llamaba a aquellos antiguos trabajos), estudió su propio estilo, se “imitó” a sí mismo, en definitiva. No creo que fuera tan fácil, más bien debió tratarse de algo casi homérico, le llevó varios años hasta que en 1987 publicó su disco de estudio “The Return” (El Regreso).
¿En qué consisten nuestros límites? ¿Son algo que nosotros creamos y que, por tanto, podemos derribar? ¿Además de tener un don natural para la música, como en los casos de Martino o Reindhart, es posible llegar al virtuosismo por pura fuerza de voluntad? Si todos podemos ser Einstein en potencia, ¿por qué casi nadie lo es?
EL mito de que utilizamos el 10% de nuestro cerebro (alentado por películas como Lucy, o Sin Límites), ha sido desmontado por la ciencia en muchas ocasiones. Los escáneres han demostrado que un simple acto como abrir o cerrar la mano requiere mucho más que el 10% de nuestras neuronas. Incluso cuando no hacemos nada, el cerebro tiene trabajo haciendo latir nuestro corazón, u ocupándose de que respiremos. En términos evolutivos, sería inútil un órgano del que sólo empleásemos el 10%.
¿Entonces? Si podemos y de hecho empleamos más del 10% del cerebro, ¿qué nos limita? ¿Están los límites en nuestra mente, es decir, en nosotros mismos? ¿Somos quienes establecemos las fronteras de nuestra capacidad?
Dicen que hay gente que cuando se ve obligada por las circunstancias es capaz de realizar hazañas, como levantar pesos enormes o enfrentarse a alguien mucho más fuerte. ¿Es quizás porque ante la inminencia del peligro nuestra mente salta por encima de las barreras que le hemos impuesto? ¿No es entonces la realidad una “interfaz personalizada”, nuestra “adaptación particular” del entorno, una especie de “Matrix” en la que nadamos dejándonos llevar por la corriente?
Como decían en esa película, ¿qué es la realidad? La realidad es la interpretación que hace nuestro cerebro de señales eléctricas y químicas. Esas señales pueden provenir de nuestro alrededor, o de nosotros mismos, de nuestros recuerdos y prejuicios. Pero nuestros recuerdos muchas veces no son auténticos, y nuestros prejuicios no dejan de ser plantillas mentales que utilizamos para evitar pensar de nuevo. El escritor Enrique Vila Matas hablaba de la imposibilidad de tener recuerdos verdaderos, porque al recordar no recordamos realmente, sino que utilizamos el último recuerdo que tenemos de algo. Lo recuerdos son recuerdos de recuerdos, dice Vila Matas (en París no se Acaba Nunca, Seix Barral, 2013).
Según un trabajo realizado por el Centro Hospitalario Universitario Saint-Justine y la Universidad de Montreal, la memoria se procesa en un árbol de neuronas de la corteza cerebral. Dicho árbol amplifica la información relevante y silencia la innecesaria, mediante leyes que regulan nuestro aprendizaje. Las neuronas, pues, se adaptan mediante la “plasticidad sináptica”, proceso en el que un punto clave lo ocupan las espinas dendríticas. Las neuronas serían algo así como un árbol, en el que las raíces serían el axón, el tronco el cuerpo celular, las ramas las dendritas y las hojas las espinas dendríticas. Estas funcionan de forma similar a un “portero de discoteca”, que selecciona qué información sensorial de la que envían las otras células puede pasar y cuál no. “Eligen” la más significativa y la amplifican para que otras neuronas puedan aprovecharla. Es decir: “configuran” nuestra capacidad de aprendizaje.
Según el mencionado trabajo, hay un mecanismo llamado “plasticidad dependiente del tiempo de picos” (STDP), que potencia las conexiones entre neuronas (conectividad sináptica) y tiene un papel determinante en la memoria. También descubrieron una relación directa entre la cantidad de estímulos que recibe el cerebro, su proximidad y la selección de la información que se expandirá por la red neuronal.
La superabundancia de información propiciada por la era de internet, provoca un exceso de estímulos que vuelve vago a nuestro cerebro y hace que desconecte. Eso provoca que sustituyamos el trabajo que hace (o debería hacer) nuestra mente interpretando la realidad por “fotografías” antiguas, que no dejan de ser prejuicios. Nos impedimos a nosotros mismos pensar, y preferimos aferrarnos a lo que creemos saber. Nos limitamos, “castramos” nuestra mente y nos instalamos en un limbo de comodidad y pensamiento predigerido. Y un día, como en la canción “Time” de Pink Floyd, nos damos cuenta de que nos hemos hecho viejos (“…and then, one day you find ten years have got behind you. No one told you when to run, you missed the starting gun”).
Envejecer no es cumplir años, es dejar de observar, pensar y actuar, en la creencia de que ya está todo visto, pensado y hecho.
Antonio López del Moral
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